Julián

Ξ December 7th, 2008 | → 8 Comments | ∇ Relato |

¡Catorce años! Quién diría…

Tan lejanos han quedado aquellos días en los que correteabas con los chicos del barrio, siestas enteras bajo el abrasador sol de enero, gastando aún más los raídos cascos de una número cinco.
Ojos oscuros, oscurísimos. Y tu andar desgarbado. Pudiste ser cualquiera, pero sos vos, uno de tantos.

Julián, recorrés el mundo, tu mundo, con tu nombre heredado de galán de telenovela. Sólo para vos, el universo - tu universo -  circunscripto a las vías del tren. No necesitás mucho más.

Julián, galán por sucesión, conocés las vías como conocerías tu propia casa. Tal vez porque así sea. Lejanas siestas de juegos, tanto como la telenovela que inspiró a la vieja, anciana de veintiocho, que te veía en la cara de ese actor que luchaba por un amor no correspondido en el culebrón de la tarde.

¿Te acordás de Carlitos y El Indio? Los tres eran uno solo. Hoy, sos uno solo. Después de que ellos se fueron y no supiste más de ellos.

O no querés saber.

Porque, Julián, vos sabés que a veces es mejor no saber. Por eso empezaste con la bolsita, porque te ayudaba a no enterarte de nada. Y para ese dolor de mierda. El que te carcomía la panza. Ese que aparecía cuando era mejor acostarse temprano que mirarse las caras en la mesa. Y el frío.

Pero ya eras un tipo de doce, con la experiencia de quien mira la niñez como algo lejano y superado. La calle te llamaba. A encontrarte con los pibes, los únicos que te entendían, los que sabían cómo era todo. No como la vieja esa que te mira con asco, con miedo, de reojo mientras abraza la cartera. Al principio no te molestaba, incluso te divertía ver cómo se les desencajaba el rostro cuando estabas cerca. Pero de a poco fue mutando en odio, creciente -rencor- eso es, un rencor tan grande como tu miseria y su opulencia. Solías mirarlos de lejos, remordiéndote mientras engullían sus desayunos, sus almuerzos. Y te aferrabas a la bolsita, para escapar de todo eso, mientras el niño ya ni era recuerdo.

Y aquella vez que pediste por enésima vez la monedita, y ese cheto te miró de arriba a abajo, con el asco dibujado en ese rostro limpito; habías aspirado más de lo habitual, un junio más frío que el anterior. Y te viste a vos mismo, sacando fuerzas de donde no sabías, mientras le arrancabas la vida a ese cheto maricón que te miraba con desprecio por última vez.

Un celular y diez pesos. ¿Viste? La vida no vale una mierda. La de nadie. No pensaste demasiado en eso, pero esa noche aprendiste a varias cosas, mientras fumabas la resaca de la resaca. Y otra vez a olvidar; la vida se trata de eso, de ir olvidando para poder seguir.

Y hoy cumpliste catorce, pero no se festeja, eso es cosa de los chetos, vos sos un tipo curtido. De odio, miseria y olvido. Por eso a mí no me golpeaste. No dijiste ni una palabra. Te acercaste, simplemente eso; zapatillas, unos pesos y poco más, la firma de nuestro contrato implícito. Unas pocas cosas que te dejarían olvidar, por un rato que yo estoy muerto, y vos te acercás un poco más.

No dijiste nada. Sólo un disparo.

 

  • Anteriormente publicado

  • Reciba las actualizaciones por e-mail

    Enter your email address:

    Delivered by FeedBurner

  • Contacto:

    despotricador@hotmail.com