Las voces

Ξ March 8th, 2008 | → 14 Comments | ∇ Relato |

- ¿Por qué justamente hoy?
- ¿Hubieses preferido que fuese mañana?
- Hubiera preferido que no fuera nunca.

Comenzaba cada día de la misma manera. Desahuciado.
Porque su vida había dado un trágico giro ese maldito día en que empezaron a resonar las voces.
Suavemente al principio, un susurro lejano, pero progresivamente más claro. Potente. Resonante.
Ni Satanás y sus generales podrían haber urdido más sádica tortura. A veces gritos, pero más que nada una retahíla de frases incoherentes. Siempre iguales. Siempre igual de macabras.
Pudo distinguir dos voces en la maraña de sonidos que sólo él podía escuchar. Dos voces, dos pensamientos distintos. Distintos entre sí, distintos a los suyos. Mantenía profundas discusiones con ellas, aunque a veces sólo se limitaba a escucharlas. El silencio y la soledad eran ya remotos recuerdos.
Su mundo imaginario, delirios insanos que ahora son su único universo. Voces que hacen eco en su cabeza, voces que no conocen de silencios ni descansos; incesantes en el dictado del libreto de su vida.
Él solo es un simple ejecutor, mandatario de designios superiores, de oscuros deseos, genuflexo a una voluntad ajena.
Lo supo aquella noche, al cobijo de las sombras, cuando se vio a sí mismo abriendo la brecha por donde se escapaba el último aliento de aquel muchacho que debía abatir.
Era su deber, así se le había comunicado. Tan simple, tan puro, todo tiene una razón de ser. Incluso él, incluso las voces.
Aunque intentara callarlas, o eludirlas, aún acosta de las convulsiones con las que las voces le castigaban por tragar las pastillas. Malditas pastillas. No debía tragarlas. Mil veces se lo habían dicho.
Ahora merecía el castigo, lo pagaba perdiendo el control de su cuerpo, retorciéndose. Culpa y castigo.
Sólo cumpliendo sus exigencias lograba acallarlas, sólo un momento, un placentero instante de tranquilidad, sin remordimientos que le atormentaran. Sin sus gritos y amenazas. Sólo paz.
Sangre por tranquilidad, la simpleza de su mundo. Su universo personal, suyo y de las voces. Una y otra vez, trocando vidas por la suya, efímera, cada vez más efímera su satisfacción.
No podría seguir mucho más.
De eso también se dio cuenta solo, el día que repitiendo su ritual descubrio que ya no podía satisfacer el deseo de esos seres que se habían apropiado de su cordura.
Pudo verse a sí mismo, siempre se sentía un espectador de él mismo. Ajeno a sus actos, un director con la lente en su ojo, capturando el instante.
Y así, empuñando la llave de su celda, a pesar de los desgarradores gritos de las voces que se aferraban a los últimos instantes de existencia. Llave brillante de la libertad.
Calibre treinta y ocho, para asegurar la salida.
Y el sonido seco de la vida que le abandona.
Y las voces, ahora más tenues, fade out irreversible.
Y en el último instante, las últimas preguntas…

- ¿Por qué?
- ¿Por qué hoy?

 

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