Las tardecitas de otoño son las más afables para caminar.
Debe ser el viento, que se cuela por entre las ropas, obstinádamente veraniegas, en esa suerte de desajuste estacional que nos lleva a no renunciar a su uso, terquedad que será cobrada con el escozor que irremediablemente provocará cada brisa.
Verdaderamente disfruto estas tardes, que me regalan calles desiertas, con el bullicio estival como mero recuerdo, una rebanada de paz, vacaciones del caos.
Tal vez por eso es que decido aventurarme al recorrido, sin rumbo ni destino por las estrechas veredas del pueblo.
Momentos. Pequeños momentos.
Apenas una sutil pincelada de libertad, el máximo lujo al que se puede aspirar. Pequeña meseta, sólo mía, presta a ser devorada con desaprensivo egoísmo.
La marcha. Los pasos. Uno tras otro, sucediéndose, llevándome sin apuro, mientras abril paga su tributo en mullida alfombra de hojas muertas.
La caminata siempre es buena para ordenar pensamientos; con música de fondo, claro está, tan claro como la inminente sordera, comprada en cómodas cuotas. Aceptar tal promesa con gracia, eso es, y de esta manera, enfrentado (y entregado) a lo inevitable, es que decido, sin el menor atisbo de culpa, hacer mi humilde contribución al colapaso ambiental, trocando el vapor que exhalo, por el humo que desecharán mis pulmones. No puedo evitar sentirme una gris y humeante fábrica.
La monotonía del camino pasa a segundo plano, debe ser por la música resonando en mis oídos, la que me transporta diez años a mi pasado, caminando como hoy, no en este mismo lugar, por supuesto, sino en la ciudad, tan lejana como aquellos tiempos.
Solo, como hoy, sin las preocupaciones como inmensas rocas en la mochila de la experiencia, tal vez con alguna, pero pequeña, casi insignificante, hoy perdida en las nebulosas del olvido, que esmerila los recuerdos a la vez que los idealiza.
El cigarrillo que agoniza, en consonancia con los últimos acordes de esta música que no necesita de palabras para evocar invariablemente la melancolía. Maldigo por enésima vez un destino que se regodea de su avaricia en el reparto del talento. Lo peor de la falta de talento no esa carencia en sí, sino la plena, cabal y absoluta certeza de su ausencia. Mediocre y conciente de ello. Perfecto para ser grabado en la lápida.
Pensamientos, sólo eso, con algo de masoquismo. Me convenzo de espantarlos, la noche hace rato ya que ha caído ¿De qué vale ahora autoflagelarse?
Y entonces, la claridad, o sólo el encandilamiento.
Las luces, burlonas, estridentementes obscenas indican el fin de la caminata. Sí, al fin de cuentas si había un destino.
- Buenas… la voz que me recibe todas las noches, ¿cómo estás? Mecánica pregunta de quien no aguarda respuesta.
-Mal… pero acostumbrado
Había sabido reinventarse.
Durante años, el pueblo había formado una imagen absolutamente negativa de él. Un verdadero monstruo. Cada pueblo, en especial los pequeños, como este, seguían una lógica que no podría aplicarse en otro lado, una forma de diferenciarse de otros cientos de lugares intrascendentes. Páramos carentes de identidad, sin otro rasgo distintivo que esa suerte de convención moral propia, única, nacida desde tiempos inmemoriales, de los años en los que apenas unas pocas personas luchaban con las inclemencias del clima y del aislamiento.
El tiempo pasó, generaciones se sucedieron, cientos de miles de anónimos olvidados, agotando su chispa sagrada a la sombra de ese cúmulo de casitas desperdigadas por entre los matorrales, sin lógica, sin método. Y a pesar de todos esos seres consumidos por la desmemoria, la moral del pueblo, siempre viva, alimentada de la savia vital de la mansedumbre.
Tablas de la ley, sin arbusto ni Moisés. Siempre dispuestas a lapidar a quienes osen contravenirla. Y él había sentido en su enjuto cuerpo las piedras de quienes se sentían puros. Toda su vida se había dirigido en ese sentido. Y se puede decir que hasta disfrutaba de ello.
Había nacido para ser un transgresor, lo consideraba una virtud, la que lo destacaba entre miles de oscuros personajes, hoy se podría decir que esa era la característica que lo emparentaba en la mediocridad del resto.
Los años de su juventud se agotaron en una nebulosa de excesos, los mismos que provocaban la mirada acusadora de los demás, unos, los más viejos, con el recelo de quien se llama a sí mismo a juzgar; otros, los más jóvenes, con el desprecio que nace de la envidia.
Cada uno de los miembros del pobre ensayo de sociedad estaba llamado a cumplir un papel en la tragedia del pueblo, un rol asignado en cara y ceca, estigma o salvación y su génesis azarosa. Hasta que decidió reinventarse.
Sólo contaría con sus propias armas en esta empresa. Sin aliados, la guerra de un hombre contra el destino. Y en su arsenal, palabras y un cinismo sin parangón. Era el momento, lo supo el día que la decadencia de la férrea moral del poblado iniciaba su desenfrenada marcha. Él sería lo que él quisiera que los demás vieran.
Lejos quedó aquel muchacho que solía consumir su lucidez sin otro plan que su propia destrucción, ahora su figura se paseaba descaradamente, enfundada en su traje oscuro, con la mirada carmesí recordando su pasado, marcando su presente, ajeno a los comentarios agoreros de quienes descreen de redenciones.
Cinco años. Lustro de cinismo latente, creciente a cada instante, su nuevo personaje exigía constantes esfuerzos, la devoción pagana a los dioses del renacer demandaba su ofrenda ritual, la sangre de sus víctimas, purificación de su pasado, tinte en su pira, el precio exigido por los bueyes de oro. Él lo consideraba justo, con eso le bastaba. Ahora sabrían quién podía ser; la sonrisa, mueca obscena tallada en su rostro, el corolario del cinismo.
Si el poder corrompe, la impunidad corrompe aún más. El tiempo exacerba los defectos y erosiona las virtudes, cuando lo descubrió ya rodaba sin control en la cuesta de sus vicios. El final, un horizonte otrora inescrutable, se plantaba hoy frente a sus narices. Lo comprendió esa mañana en que el hielo corrió por su espalda, cuando supo que los dioses simplemente lo habían desterrado al olvido. El final del declive. Decadencia e indiferencia.
El Rey ha muerto. Viva el Rey.