Siempre había estado ahí, aunque jamás se hubiese percatado de su existencia, sólo uno más de esos objetos intrascendentes que no logran ocuapar un lugar en nuestra consideración.
Nada tenía de especial, ni por su aspecto ni por la función para la que había sido creado, sin embargo, por alguna razón, sintió una irremediable atracción. Casi como si tuviese brillo propio, destacándose del resto de los objetos en el polvoriento arcón en el que había sido condenado al olvido.
Pero ni siquiera el olvido es eterno, por alguna extraña razón, como por obra de alguna oscura voluntad, había llegado a sus manos.
Ya nada sería igual.
Y sus manos sostenían el objeto. Sólo un marco, de los muchos que tenía desparramados en su casa. Nada tenía éste de especial, la madera gastada de la que estaba hecho seguramente había conocido mejores épocas; el cristal, vencido por la persistencia del tiempo, apenas mostraban un enmohecido retrato.
Lo tomó en sus manos, cautivado por un hechizo que parecía obligarlo a prestarle toda su atención. Casi con desesperación devolvió la transparencia al vidrio. Sus ojos penetraron a través de la oscuridad de la habitación, haciendo denodados esfuerzos por descubrir los secretos de ese rostro detenido en el tiempo. Un niño, de grandes ojos y mirada extraviada emergió de las borrosas imágenes.
Había algo cautivante en esa fotografía, una extraña familiaridad la rodeaba, aumentando la extraña sensación que le transmitía ese rostro del pasado. No podía ser casual, aunque podía reconocer sus propios rasgos en esa persona, tenía sutiles diferencias, pequeños matices, más delicados que los suyos, y ese halo de misticismo que le intrigaba profundamente.
¿Quién podía ser? Indagó en los los más recónditos rincones de su memoria; definitivamente no era él mismo. Recordó los rostros de los pocos hombres de su familia. Nadie.
No podía borrar esos ojos de su memoria, día y noche, no lograba evadir esa mirada, constante, omnipresente. Como una obsesión, ocupando todos sus momentos, intentando encontrar las razones, la profunda angustia en que se había sumido por esa visión.
Tomó nuevamente en marco, sosteniéndolo en sus manos, mirando a través de la imagen, intentando escudriñar los secretos de esa mirada melancólica.
El marco, antiguo y gastado, la fotografía, por el contrario, conservaba su mejor brillo y nitidez, aumentando la intriga. La obsesión aumentaba, el marco, ahora en el centro de su vida ejercía su tenebroso embrujo.
Donde fuera, esos ojos lo seguían, y la angustia, creciendo a la par de su desesperación. Esos ojos eran los suyos, marcados a fuego en su mente.
Era él y no lo era. Los recuerdos fluían con esa mirada y su lúgubre influjo. Sintió sus viejos pasados dolores, ese niño, que era y él y no era, reabrió las heridas de una infancia gris.
Ese marco, macabra ventana en el tiempo, había entrado a su vida pare recordarle amargas experiencias.
Y los ojos, que eran los suyos y no. Inevitablemente pensó en su hijo, compartiendo los rasgos de ese espectro en este triángulo angustiante.
Y pensó, recordó sus propios sueños, viejos anhelos sepultados en tiempo. Pensó en su hijo, sus ojos alegres no se condecían con los de la foto. Que así se mantengan, como un único deseo, esperanza de un legado para él.
La extraña figura seguía allí, minando todos sus momentos, invadiendo su mente, alejándolo invariablemente del mundo. No podía permitirlo.
Y la angustia, recurrente, constante, como su triángulo de miradas, no podía permitirlo, no debía repetirse.
Debía hacer algo, una decisión salvadora, la salida de la obsesión. Tomó a su hijo en sus brazos, alejando la angustia con la fuerza del amor en un abrazo interminable. Miró sus ojos y vió los suyos, ésos si eran los suyos, pero con el mundo por delante, llenos de vida y esperanza.
Ya el marco no fue importante, volvió a la oscuridad de la que había emergido, el pasado con su dolor y heridas abiertas, era sepultado por el amor de una vida que se inicia.
Un hombre sosteniendo el retrato de un niño; un niño sosteniendo el retrato de un hombre con la mirada melancólica. La vida siempre otorga revanchas.
Tomás de Torquemada, su vida y su obra, detrás de las nebulosas de la historia más negra de la humanidad, renace con la fuerza de los fanáticos que hacen inmortal su legado.
Este personaje, más vilipendiado por sus detractores que muchos otros más brutales, se ha convertido en un ícono del Santo Oficio, en su accionar despiadado de tortura y muerte a quienes no compartían su pensamiento.
La figura del Gran Inquisidor renace de las cenizas y se hace fuerte en el sentir y actuar de numerosos grupos de intolerantes que intentan imponernos su fe a fuerza de prepotencia y garrote.
A mediados de año, un grupo, liderado por un sacerdote irrumpieron en la presentación del libro de Alfonso Barbieri, con ilustraciones que consideraron insultantes y profanas. Enarbolando sus creencias relgiosas, utilizándolas como excusa para su accionar barbárico, destruyeron todo el material expuesto, como así también, todo aquello que se interpusiera en el camino. Resultó un lamentable espectáculo observar la impunidad con la que se movieron, quemando, destrozando, tal vez sin saberlo, nó sólo las obras de Barbieri, sino también, los principios fundamentales de las creencias que dicen defender.
No se trata de discernir el carácter artístico de las ilustraciones de Barbieri, este elemento queda absolutamente subyugado a cuestiones puramente subjetivas. Pueden gustar o no, pero bajo ningún punto de vista podemos tomar el poder de censores y establecer qué se puede o no exhibir. No sólo se ha barrido con derechos de carácter constitucional, sino que además, se ha dado un peligroso paso en retroceso a las más oscuras épocas de la historia de los derechos civiles en la Argentina.
Rostros desencajados, actitudes totalmente vandálicas se vieron esa triste noche de junio de 2007 en el Centro Cultural España Córdoba, las mismas, que al amparo de la oscuridad incendiarion en la madrugada del 16 de octubre pasado la puerta de la casa de Barbieri. A raíz de este acto vil y cobarde, el grueso del pueblo nos enteramos de la muestra, próxima a inaugurarse, de artistas locales, entre los que se encuentra Barbieri, bajo el nombre de “Jornadas por la Libertad de Expresión” a desarrollarse en el Pabellón Argentina de la Universidad Nacional de Córdoba.
Más allá de que no haya prosperado la acción de amparo solicitada por un grupo de “ciudadanos católicos” (sic) orientada a impedir la muestra, resulta dolorosamente cierto que la intolerancia, el desprecio por la diversidad, y la inmadurez de nuestra sociedad son una realidad innegable.
En tanto, se desplegará un vasto operativo de seguridad, tendiente a resguardar la integridad de la muestra y de sus asistentes, mientras numerosos afiches prevendrán al visitante de la posiblidad de que lo expuesto pueda dañar su sensibilidad o creencias religiosas.
Desde las sombras de nuestros temores, Torquemada esboza una sonrisa…
Tu aroma evoca lugares. Allá profundo, en los sórdidos rincones del alma. Siempre has sido mi compañero más leal, transitando junto a mí los años de solitarios pensamientos, de noches silenciosas. Tu vapor, néctar divino, cruzando el aire, dando eternos arabescos en constante danza con el infaltable cigarrillo. Tu aroma evoca esos años, tiempos de sueños estudiantiles, cuando eras el libro más importante. Omnipresente, tenstigo mudo de discusiones y confesiones, siempre allí sin pedir más que ser disfrutado. Nunca has pasado desapercibido, tu perfume inunda habitaciones, invitando con tu aroma cautivante el placer de tu deleite.
En aquella mesa junto a la ventana, donde el mundo giraba dejándonos en el andén, esperando horas que no deséabamos ver, al refugio de tu candor, recorriendo mi cuerpo, absorviendo el tuyo. Muchos se sentaron frente a nosotros, sólo tu figura permanece, algunos fueron desvaneciéndose de mi memoria, hoy son desconocidos a quienes apenas saludo. Rostros, ideas, palabras, algunos que no volveré a ver y otros que sobreviven en el recuerdo. Hoy transito esos caminos perdidos con mi mente, nuestra mesa junto a la ventana, vacía. Ya no es lo mismo sin nosotros, aquel viejo cafetín, escenario de juveniles utopías y el fuego que templó entrañables amistades. Todavía estás conmigo, aunque los años pasen, aunque los lugares cambien, hoy sos mi compañero de noches en vela, de conversaciones y discusiones, testigo de nuevos sueños y remozados ideales.
Y aún cuando paso por nuestra mesa junto a la ventana, se me dibuja una sonrisa recordando tan valiosos momentos, ahora que el cafetín es otro, la esencia sigue siendo la misma, mirar por la ventana, mientras acaricio tu cuerpo con la cucharita y te dedico estas palabras…
La voz retumbó en el vacío. Sí, todo estaba bien, a pesar de la rara sensación en el cuerpo. ¿Cómo había terminado en ese lugar? Miró atentamente alrededor suyo, o por lo menos lo que podía observar por la incómoda posición en la que se encontraba. Sólo sus manos, una almohada y silencio. La extraña sensación de no sentir nada, pero a la vez percibir que estaban sobre él.
¿Estás bien?
Nuevamente, se escuchó a sí mismo repetir la frase si, todo perfecto, pero ahí estaba a sabiendas y no de lo que realmente sucedía, sólo comentarios intrascendentes de la persona que sabía que estaba ahí, y que apenas podía ver a través del reflejo de un vidrio. Las manos de ese hombre trabajaban afanosamente en lo que podría ser él, pero no parecía. Debajo de su cintura todo era un enorme vacío. Presión, el gesto del hombre que denotaba el fastidio que le producía la situación.
¿Estás bien?
La insitencia de la pregunta denotaba que algo era preocupante. ¿Por qué insistir si no? Todo parecía normal entonces, sólo el vacío y frío. La primera sensación de calor se había disipado tan rápido como las palabras del recurrente inquisidor. Sólo veía sus manos, sin poder más, sólo su propio reflejo en el vidrio de la puerta. El reflejo que mostraba su propio rostro mirándolo fijamente. No pensaba en nada, sólo se dejaba llevar por los pensamientos que invadían su cabeza. Pensamientos que siempre ha llevado consigo, esos mismos que fluían al compás de la música, omnipresente, constante, en una repetición incesante. Fuga y misterio, ése sería un buen título para su propia existencia, mientas los pensamientos entraban en escena como los instrumentos, repitiendo el mismo compás uno a uno. La vida de un hombre pasa en un segundo, la de él se resumía en un solo compás.
¿Estás bien?
Ahora la mano de otro hombre se posaba en sus hombros, acentuando la constancia de la interrogación. Sí, todo en orden, ¿qué más podía decir? ¿cómo adentrar a un extraño en los intrincados procesos de su propia pequeña tragedia? Todo marchaba siguiendo la misma estructura, como leída de una prolija partitura, mientras seguía hipnotizado por esos ojos que lo observaban desde el reflejo del vidrio. Esos mismos ojos que se prolongaban al infinito mostrando el inexorable paso del tiempo. Tomo ahí conciencia cabal del viaje que había emprendido, adentrándose en el laberinto de su memoria. Y allí estaban, los rostros del pasado, emergiendo del olvido, imágenes y momentos, música y palabras, todos aquellos que imaginaba barridos por la indiferencia de lo pasado, estaban ahora ahí mismo. Recordó sus propios inicios, sus primeros dolores y alguna alegría, pero desde un lugar de mero observador. Vió sus idílicos años como un mero observador, mientras el aluvión de recuerdos se abalanzaban sobre él. Todo esto debe tener un sentido, pensó en sus propios pensamientos, atónito entre las imágines y un bandoneón que rugía desenfrenado. Y entonces, silencio de nuevo.
¿Estás bien? Porque te noto pálido…
El comentario logró sacarlo de sus cavilaciones, pero sólo por un segundo, el necesario para la mecánica respuesta, tan artificial como la pregunta misma. Veía gente entrar y salir del lugar, personas sin rostro que se movían frente a él, dentro de él incluso, pero no les daba mayor importancia. De alguna manera quería desvanecer toda esa realidad para volver al reino de sus fantasías. Y ahí estaba nuevamente, sobrevolando su vida, recibiendo los momentos vividos con la avidez de quien transita un camino por primera vez. Amor, dolor, miedo, alegría, todo entremezclado, como sucede con las personas de carne y hueso, todo sucediéndose sin seguir un patrón, todo fluyendo con la claridad de una vertiente. Se sentía en un ascenso permanente, pero con la ansiedad que genera la proximidad de la cima. Sólo que después de la cima sólo hay camino para abajo. Y hacia allí se dirigía, indefectiblemente, hacia el valle… hacia lo llano… de vuelta al tedio.
¿Estás bien? Porque ya hemos terminado… la operación ha sido un éxito…