Sólo así puedo llamarte. Cobarde, si tal vez quisiera ser más preciso.
Sólo alguien perversamente pusilánime puede ser capaz de arrebatar tanto, despojarme de tan valioso tesoro por el simple gozo del sufrimiento ajeno.
Lo supe en aquel momento, cuando noté que había desaparecido. Ya nada será igual, pensé. No podría serlo.
Y de hecho así fue.
Solía en disfrutar de la simpleza de lo rutinario, porque si me piden que lo defina sólo puedo decir eso, de tan simple era necesario poner mucho empeño para encontrarle alguna arista interesante, o al menos algo que justifique tamaño vacío provocado por su ausencia.
Es lo que suele suceder con lo más preciado. Apenas reparamos en su existencia, de tan familiar, suponemos su carácter casi natural, imposible de disociar de nosotros mismos, y su ausencia no es siquiera una posibilidad.
¿Existe acaso la posibilidad de vivir si no respiramos?
Pero no crean que fue algo que se esfumó en un instante. Nada más alejado de la realidad: ladrón artero, silencioso; con la parsimonia de quien se sabe impune, con la necedad ajena como mejor aliado.
El despojo fue así, de a poco, migaja por migaja, tenaz y brutal; sin pausa, sin piedad.
Me encontré un día, o una noche -da lo mismo en realidad- desnudo, solo entre marañas de rostros, rostros sin ojos, ojos que no miran, gente que me rodea y me ignora, beduinos de desiertos propios. Ellos tampoco existen.
Al revisarme a mí mismo, temí lo peor.
Y generalmente esos temores se confirman.
Todo había desaparecido, así de simple, desvaneciéndose como el humo de aquel cigarrillo que apagué por última vez en mi mesa de siempre, como las risas francas de los amigos, como esos ojos oscuros que cerré con un beso.
Como el camello de Baltasar, que se fue y nunca se despidió.
Miserable, ruin, vil. Alguna vez me confesarás por qué lo hiciste, por qué me quitaste todo.
La traición es tan inherente al ser humano como su capacidad de razonar: algunos la ejercitan más que otros.
Tan arraigada en lo más profundo de nuestro ser que es una de las pocas cualidades comunes a quienes habitamos este mundo: Y así como algunas de estas características son injustamente valoradas como positivas, es la traición la que carga el yugo de su incomprendido valor negativo.
¿Cómo considerar vil algo que emana de lo más profundo de la esencia humana? Y en contrapartida ¿cómo considerar virtud un acto tan contra natura como la lealtad a cualquier precio?
Y en esto cabe una distinción fundamental: es la dualidad la que le entrega signifacado a los actos. No podemos traicionar si no hemos sido leales. ¿Qué mayor prueba de lealtades pasadas que las traiciones actuales?
Y aunque esa consideración oscura que se le impone provoque vergüenza, traicionamos y somos traicionados constantemente: la amistad más pura, el amor más profundo y los sentimientos más nobles se nutren de la savia activa y viva de la traición. Traicionamos y nos encontramos frente a constantes encrucijadas, y he aquí el motor de nuestros actos: la lealtad exige engaños, el andamiaje que sostiene la fidelidad se construye con embustes. Pero la beatificación de la fidelidad excluye per se los medios de los que se vale.
Concluída la obra, se derrumban los andamios.
Y es la fidelidad siempre la consecuencia de un valor superior. Se es fiel por amor, amistad, temor u odio, pero jamás se amará por fidelidad. Y así como ser leal importa una negación: la de atentar contra los propios deseos, la ambición, los sentimientos más hondos; la traición es liberadora, nos proyecta como seres soberanos, sobre nuestros impulsos, sobre nuestros anhelos.
El amor puede surgir de la traición.
¿Qué mayor acto de amor que el de la propia redención? Cuánta frustración, dolor, en definitiva ¿cuánta negación de la vida en pos del valor positivo de la lealtad? ¿Cuánto más negaremos nuestra esencia?
La vida se digiere mejor si sólo tiene dos sabores, y se nos enseña que el ser obtuso allana el camino de nuestra existencia. Entonces, por arbitrio de morales caducas juzgamos positiva o negativamente, como si la realidad no fuese un constante devenir entre ambos valores. Lo positivo necesita de lo negativo para serlo, como lo dulce a lo amargo.
Si ser fieles a nosotros mismos, si plantarse frente al universo reclamando nuestra individualidad, implica traicionar a quienes nos impiden lograrlo. Pues a hacerlo.
La verdadera esencia de la lealtad es traicionar todo aquello que nos impida ser fieles a quien debemos serlo en primera instancia: nosotros mismos. De no hacerlo negaríamos el carácter inseparable de ambos, sólo daríamos razón a quienes juzgan.
Traición y lealtad. Indisolubles, inseparables. La dualidad de la vida.
Tan lejanos han quedado aquellos días en los que correteabas con los chicos del barrio, siestas enteras bajo el abrasador sol de enero, gastando aún más los raídos cascos de una número cinco.
Ojos oscuros, oscurísimos. Y tu andar desgarbado. Pudiste ser cualquiera, pero sos vos, uno de tantos.
Julián, recorrés el mundo, tu mundo, con tu nombre heredado de galán de telenovela. Sólo para vos, el universo - tu universo - circunscripto a las vías del tren. No necesitás mucho más.
Julián, galán por sucesión, conocés las vías como conocerías tu propia casa. Tal vez porque así sea. Lejanas siestas de juegos, tanto como la telenovela que inspiró a la vieja, anciana de veintiocho, que te veía en la cara de ese actor que luchaba por un amor no correspondido en el culebrón de la tarde.
¿Te acordás de Carlitos y El Indio? Los tres eran uno solo. Hoy, sos uno solo. Después de que ellos se fueron y no supiste más de ellos.
O no querés saber.
Porque, Julián, vos sabés que a veces es mejor no saber. Por eso empezaste con la bolsita, porque te ayudaba a no enterarte de nada. Y para ese dolor de mierda. El que te carcomía la panza. Ese que aparecía cuando era mejor acostarse temprano que mirarse las caras en la mesa. Y el frío.
Pero ya eras un tipo de doce, con la experiencia de quien mira la niñez como algo lejano y superado. La calle te llamaba. A encontrarte con los pibes, los únicos que te entendían, los que sabían cómo era todo. No como la vieja esa que te mira con asco, con miedo, de reojo mientras abraza la cartera. Al principio no te molestaba, incluso te divertía ver cómo se les desencajaba el rostro cuando estabas cerca. Pero de a poco fue mutando en odio, creciente -rencor- eso es, un rencor tan grande como tu miseria y su opulencia. Solías mirarlos de lejos, remordiéndote mientras engullían sus desayunos, sus almuerzos. Y te aferrabas a la bolsita, para escapar de todo eso, mientras el niño ya ni era recuerdo.
Y aquella vez que pediste por enésima vez la monedita, y ese cheto te miró de arriba a abajo, con el asco dibujado en ese rostro limpito; habías aspirado más de lo habitual, un junio más frío que el anterior. Y te viste a vos mismo, sacando fuerzas de donde no sabías, mientras le arrancabas la vida a ese cheto maricón que te miraba con desprecio por última vez.
Un celular y diez pesos. ¿Viste? La vida no vale una mierda. La de nadie. No pensaste demasiado en eso, pero esa noche aprendiste a varias cosas, mientras fumabas la resaca de la resaca. Y otra vez a olvidar; la vida se trata de eso, de ir olvidando para poder seguir.
Y hoy cumpliste catorce, pero no se festeja, eso es cosa de los chetos, vos sos un tipo curtido. De odio, miseria y olvido. Por eso a mí no me golpeaste. No dijiste ni una palabra. Te acercaste, simplemente eso; zapatillas, unos pesos y poco más, la firma de nuestro contrato implícito. Unas pocas cosas que te dejarían olvidar, por un rato que yo estoy muerto, y vos te acercás un poco más.
“…¿Quién se rebela, quién se subleva? Raramente los esclavos, pero casi siempre el opresor convertido en esclavo…”
E. M. Cioran, Historia y Utopía.
Jamás conocí a nadie a quien no le enerven las imposiciones. Aún aquellos a quienes su naturaleza pusilánime acalle cualquier tipo de manifestación. Aún ellos, en el más recóndito refugio de su pensamiento, reniega de ello. Acaso el inconformismo sea nuestra virtud, el gran rasgo distintivo de nuestra especie, tal vez lo único que nos diferencie del resto de los seres con quienes convivimos.
Sin embargo, el motor de todos nuestros progresos, aún con la carga negativa que el propio andamiaje moral que levantamos para justificarnos ante nosotros mismos, continúa siendo el causante del vilipendio de quien ose enarbolar su bandera.
Arquitectos imperfectos de nuestra propia historia, el temor siempre impidió quitar los puntales ya finalizada la obra. Creamos dioses y no supimos matarlos.
¿Cómo sucedio? Renunciamos a la savia vital del crecimiento, a denostar el statu quo. La pusilanimidad como valor esencial.
Aceptamos con resignación, incluso con obsecuente complicidad, la potente voz que mana del fusil. Aceptada y festejada.
La historia de un pueblo, su mutación a simples bestias exudantes de mansedumbre. Porque se puede ser un simple cordero desde el pensamiento, rumiando ideas ajenas, masticando y haciendo de ese bolo ideal el percutor de sus actos. Hasta el idealista más acérrimo, actor de revoluciones, no es más que una mera bestia de presa si su bagaje ideológico no es suyo; esto es, meditado, entendido, aprendido y aprehendido en lo más interno de su ser. El mundo está lleno de ellos, y mal que nos pese son la masa. Pecunia nervus belli, reza el adagio latino, y he allí el motor que mueve a la sociedad. Es por ello que se debe ser en extremo cauto, que el fervor no nos convierta en autómatas, crear pensamiento propio y no ser adoctrinado. Libertad y esclavitud. Tan simple y tan complejo. Sólo así dejaremos de ser sólo uno más, uno de tantos eternos rumiantes de papel.
Y sólo cuando podamos ser artífices de nuestra rebelión personal, al mirar la realidad, analizar la historia y preyectar el futuro con mirada propia, sólo allí conoceremos la libertad.
Pirro de Epiro, rey y general; a la sazón, mortal enemigo del expansionismo de la fulgurante República de Roma. Cuentan las crónicas que al mando de un inmenso ejército, conformado por más de 20.000 hombres, derrotó en dos oportunidades a las poderosas escuadras romanas. Lo particular de tales victorias no se da en la derrota de tan temible enemigo, sino porque en cada una de esas contiendas Pirro sacrificó gran parte de sus guerreros. Luego de la batalla de Ásculo, y al ver sus hordas diezmadas, Pirro exclamó: “¡Otra victoria como esta y estaré vencido!”. De allí, el término victoria pírrica alude a aquellas situaciones en las que se consigue un resultado favorable, pero a costa de un altísimo precio.
Desde aquel lejano día, cuando tus piernas temblorosas aprendieron a soportar el peso de tu cuerpo y empezaron a moverte al ritmo frenético de los desesperados, sabías quién eras. Recuerdo haber visto expresión en tu rostro, transitando la cornisa entre la servil obsecuencia y el temor sin atenuantes.
Supe de tus primeros pasos, también de tus tropiezos, esos que provocaban las gotas de mar que surcaban tus mejillas. esas que teñian nubes tormentosas en tus ojos. Recuerdo haberte mirado con un dejo de piedad.
O algo así.
Los torpes inicios, tu fingida inocencia, soportando los embates de quienes se regodeaban de tu pesadumbre; todo aquello: los temores del día, los sollozos de la noche y su monocorde cadencia, tu única compañía. Zôon politikón, más temprano que tarde aprendiste las reglas, la doctrina de la farsa y sus normas implícitas. Y le diste forma a su complejo entramado.
Tal vez no supe adivinar que debajo de la falsa candidez, asomaban las impiadosas fauces de la bestia, agazapada, en constante espera del mal paso.
De víctima a victimario.
Quizá sólo fuiste fiel a tus instintos, tal vez la intriga sea parte de tu naturaleza.
Como respirar. Como mentir.
Y ahora puedo verlo, desde la noche en que el destino quiso prestarte su mano. Cuando por fin tuviste el enemigo a tu merced. Y aquel que se consideraba invencible, cayó pesadamente, inevitable final. Y tu derrota mutó a victoria.
Así, en el momento en que empezaban a redoblar los tambores del enemigo y tu final podía verse en el horizonte, decidiste que era el momento.
Tu revelación. No más engaños. Y todos deberemos pagar.
Sólo un detalle, nimio tal vez, pero una pequeña mancha de tu impecable triunfo. No reparaste en él, y aún hoy no creo que puedas verlo. El precio que pagaste fue demasiado caro. ¿Cómo resistirse al néctar del triunfo y la venganza?
No se si estaré para verlo, de hacerlo, te observaré desde este mismo lugar. Si para cambiar necesito ofrendar dignidad y valores, prefiero el estancamiento. El hastío a la corrupción.
No todo está a la venta. La integridad no es fungible.
Pirro de Epiro, con sólo una fracción de su otrora poderoso ejército, sufrío derrotas contra Roma y Esparta, por lo que debió huir hacia Argos, donde murió por las heridas causadas por una teja lanzada desde los techos de una casa.
Siempre a desgano.
Si tuviese que nombrar sólo una de sus rasgos sobresalientes, ya sea en la faz personal, en lo social e incluso (particularmente) en lo profesional; tendría que decir que siempre hacía todo a desgano. De andar cansino, siempre más dispuesto al reproche que a la palabra amigable. Así lo conocí.
Hace de esto ya unos años, en momentos en los que las circunstancias de la vida nos puso en esa oscura oficina, y así le llamo, por simple decoro, si es por el aspecto no pasaría de ser una caverna.
Muy pronto empecé a conocer los matices de una personalidad que, a grandes rasgos, no ofrecía atractivo alguno. Llegué a odiar el momento que compartimos, sabiendo de antemano que las pocas palabras que saldrían de su boca serían sólo de desprecio hacia los demás. Parco, sólo dejaba salir algunos agrios comentarios en los momentos en que ese pequeño orificio debajo de su nariz dejaba de estar ocupado con una taza de café, tan oscura como él, o el pestilente cigarro al que había terminado por aceptar, más por resignación que por convicción.
Las mañanas eran monótonas, ya de por sí opiáceas por la tarea mecánica y recurrente que nos había tocado en suerte, pero agravadas por la presencia de este ser oscuro y avinagrado. En más de una ocasión intenté tender algún lazo con él, en forma de guiño cómplice, intentando crear esa suerte de camaradería de vestuario de club, con un comentario sexista y degradante sobre las “prominentes posaderas de la rubiecita de atención al público”, esperando que esto creara un ambiente distendido para hacer más corta la jornada. Ése debió ser mi primer error. -Si aprendieras a pensar con la cabeza y no con los calzones, no serías tan firme candidato al despido, me espetó, con la misma parsimonia con la que hubiese redactado un simple memorando interno. Contuve la respiración para no mandarlo al carajo, para gritarle en la cara cuánto me desagradaba su existencia, sus comentarios, su vida amargada, su presencia insignificante en este mundo, lejano e inalcanzable para enanos mentales como él. Pero sólo tragué saliva y descargué mi ira con el inocente cesto de papeles del baño. Y sonreí al pensar que, efectivamente, mi compañero y el chivo expiatorio eran bastante parecidos.
Pero su malestar más notorio se evidenciaba en las interminables jornadas de principio de mes, días en los que debíamos cargar con el sobreturno que hacía que el horario se extendiera indefinidamente por la tarde. Y ahí no ahorraba gestos ni palabras para hacer(me) sentir su desagrado. Yo asentía en silencio, tratando de terminar la pesada tarea, deseoso de escapar lo más rápido posible de la hiel de su verborragia.
Y así fue pasando el tiempo, meses que sumaron años, siempre con este funesto personaje, nacido del más horripilante catálogo de gnomos que pudiese imaginar. El sólo imaginar su figura regordeta, su nariz afilada y su rostro surcado por unas tempranas arrugas, más propias de su gesto que de su edad, indescifrable. Inescrutable como su interior, hacían que considerase esa oficina una verdadera celda.
Los años limaron aquella aspereza del principio, pero nunca se abrió, jamás podría asomar el más mínimo atisbo de amistad en nuestra relación, pero debo reconocer que trabajábamos bien juntos. Era un tipo muy capaz, al que las vicisitudes de la vida habían condenado a su oscuro presente. Y tal vez mi optimismo le resultaba un insulto, una afrenta y quizás fuera la razón de ese desprecio que se podía ver en su rostro cada vez que cruzábamos alguna palabra.
Aquel día, entrando en la oficina bastante más tarde de lo habitual, con el recuerdo latente del exceso de alcohol en la punta de la lengua, y con la migraña cobrándose la deuda de la jarana de la noche anterior; grande fue mi sorpresa al encontrar la oscurísima habitación en absoluta soledad.- Este infeliz debe estar en la oficina del jefe quejándose de mi tardanza y quién sabe de qué otras cosas más, pensé mientras me desplomaba en la cansada silla giratoria. Apenas alcancé a alzar la mirada, cuando ví, sobre el escritorio, un sobre, con mi nombre en él. - Hasta aquí llegué, o hasta aquí quisieron que llegue, me imagino que no estarás sorprendido por mi despido, pero asi son estas cosas. Que tengas mejor suerte que yo. Siempre te aprecié, sos un buen tipo…
Poco fue el tiempo que llevó desterrar al olvido a este ser obtuso; tan sólo fue el comentario de café de la tarde en que lo despiedieron y nada más, así de fungibles somos. Me dijeron que hoy me traen un nuevo compañero para que no se retrasen (aún más) los pedidos que se amontonan en el escritorio. Vamos a ver qué mandan. -Soy Pablo, me acaban de mandar de la gerencia para trabajar en esta oficina, un gusto… mientras me extendía una mano sudorosa; sólo levanté la mirada y me escuché a mí mismo decir: - Sentate y trabajá, si sólo venís a hacer sociales sos firme candidato al despido…
Las tardecitas de otoño son las más afables para caminar.
Debe ser el viento, que se cuela por entre las ropas, obstinádamente veraniegas, en esa suerte de desajuste estacional que nos lleva a no renunciar a su uso, terquedad que será cobrada con el escozor que irremediablemente provocará cada brisa.
Verdaderamente disfruto estas tardes, que me regalan calles desiertas, con el bullicio estival como mero recuerdo, una rebanada de paz, vacaciones del caos.
Tal vez por eso es que decido aventurarme al recorrido, sin rumbo ni destino por las estrechas veredas del pueblo.
Momentos. Pequeños momentos.
Apenas una sutil pincelada de libertad, el máximo lujo al que se puede aspirar. Pequeña meseta, sólo mía, presta a ser devorada con desaprensivo egoísmo.
La marcha. Los pasos. Uno tras otro, sucediéndose, llevándome sin apuro, mientras abril paga su tributo en mullida alfombra de hojas muertas.
La caminata siempre es buena para ordenar pensamientos; con música de fondo, claro está, tan claro como la inminente sordera, comprada en cómodas cuotas. Aceptar tal promesa con gracia, eso es, y de esta manera, enfrentado (y entregado) a lo inevitable, es que decido, sin el menor atisbo de culpa, hacer mi humilde contribución al colapaso ambiental, trocando el vapor que exhalo, por el humo que desecharán mis pulmones. No puedo evitar sentirme una gris y humeante fábrica.
La monotonía del camino pasa a segundo plano, debe ser por la música resonando en mis oídos, la que me transporta diez años a mi pasado, caminando como hoy, no en este mismo lugar, por supuesto, sino en la ciudad, tan lejana como aquellos tiempos.
Solo, como hoy, sin las preocupaciones como inmensas rocas en la mochila de la experiencia, tal vez con alguna, pero pequeña, casi insignificante, hoy perdida en las nebulosas del olvido, que esmerila los recuerdos a la vez que los idealiza.
El cigarrillo que agoniza, en consonancia con los últimos acordes de esta música que no necesita de palabras para evocar invariablemente la melancolía. Maldigo por enésima vez un destino que se regodea de su avaricia en el reparto del talento. Lo peor de la falta de talento no esa carencia en sí, sino la plena, cabal y absoluta certeza de su ausencia. Mediocre y conciente de ello. Perfecto para ser grabado en la lápida.
Pensamientos, sólo eso, con algo de masoquismo. Me convenzo de espantarlos, la noche hace rato ya que ha caído ¿De qué vale ahora autoflagelarse?
Y entonces, la claridad, o sólo el encandilamiento.
Las luces, burlonas, estridentementes obscenas indican el fin de la caminata. Sí, al fin de cuentas si había un destino.
- Buenas… la voz que me recibe todas las noches, ¿cómo estás? Mecánica pregunta de quien no aguarda respuesta.
-Mal… pero acostumbrado
Había sabido reinventarse.
Durante años, el pueblo había formado una imagen absolutamente negativa de él. Un verdadero monstruo. Cada pueblo, en especial los pequeños, como este, seguían una lógica que no podría aplicarse en otro lado, una forma de diferenciarse de otros cientos de lugares intrascendentes. Páramos carentes de identidad, sin otro rasgo distintivo que esa suerte de convención moral propia, única, nacida desde tiempos inmemoriales, de los años en los que apenas unas pocas personas luchaban con las inclemencias del clima y del aislamiento.
El tiempo pasó, generaciones se sucedieron, cientos de miles de anónimos olvidados, agotando su chispa sagrada a la sombra de ese cúmulo de casitas desperdigadas por entre los matorrales, sin lógica, sin método. Y a pesar de todos esos seres consumidos por la desmemoria, la moral del pueblo, siempre viva, alimentada de la savia vital de la mansedumbre.
Tablas de la ley, sin arbusto ni Moisés. Siempre dispuestas a lapidar a quienes osen contravenirla. Y él había sentido en su enjuto cuerpo las piedras de quienes se sentían puros. Toda su vida se había dirigido en ese sentido. Y se puede decir que hasta disfrutaba de ello.
Había nacido para ser un transgresor, lo consideraba una virtud, la que lo destacaba entre miles de oscuros personajes, hoy se podría decir que esa era la característica que lo emparentaba en la mediocridad del resto.
Los años de su juventud se agotaron en una nebulosa de excesos, los mismos que provocaban la mirada acusadora de los demás, unos, los más viejos, con el recelo de quien se llama a sí mismo a juzgar; otros, los más jóvenes, con el desprecio que nace de la envidia.
Cada uno de los miembros del pobre ensayo de sociedad estaba llamado a cumplir un papel en la tragedia del pueblo, un rol asignado en cara y ceca, estigma o salvación y su génesis azarosa. Hasta que decidió reinventarse.
Sólo contaría con sus propias armas en esta empresa. Sin aliados, la guerra de un hombre contra el destino. Y en su arsenal, palabras y un cinismo sin parangón. Era el momento, lo supo el día que la decadencia de la férrea moral del poblado iniciaba su desenfrenada marcha. Él sería lo que él quisiera que los demás vieran.
Lejos quedó aquel muchacho que solía consumir su lucidez sin otro plan que su propia destrucción, ahora su figura se paseaba descaradamente, enfundada en su traje oscuro, con la mirada carmesí recordando su pasado, marcando su presente, ajeno a los comentarios agoreros de quienes descreen de redenciones.
Cinco años. Lustro de cinismo latente, creciente a cada instante, su nuevo personaje exigía constantes esfuerzos, la devoción pagana a los dioses del renacer demandaba su ofrenda ritual, la sangre de sus víctimas, purificación de su pasado, tinte en su pira, el precio exigido por los bueyes de oro. Él lo consideraba justo, con eso le bastaba. Ahora sabrían quién podía ser; la sonrisa, mueca obscena tallada en su rostro, el corolario del cinismo.
Si el poder corrompe, la impunidad corrompe aún más. El tiempo exacerba los defectos y erosiona las virtudes, cuando lo descubrió ya rodaba sin control en la cuesta de sus vicios. El final, un horizonte otrora inescrutable, se plantaba hoy frente a sus narices. Lo comprendió esa mañana en que el hielo corrió por su espalda, cuando supo que los dioses simplemente lo habían desterrado al olvido. El final del declive. Decadencia e indiferencia.
El Rey ha muerto. Viva el Rey.
- ¿Por qué justamente hoy?
- ¿Hubieses preferido que fuese mañana?
- Hubiera preferido que no fuera nunca.
Comenzaba cada día de la misma manera. Desahuciado.
Porque su vida había dado un trágico giro ese maldito día en que empezaron a resonar las voces.
Suavemente al principio, un susurro lejano, pero progresivamente más claro. Potente. Resonante.
Ni Satanás y sus generales podrían haber urdido más sádica tortura. A veces gritos, pero más que nada una retahíla de frases incoherentes. Siempre iguales. Siempre igual de macabras.
Pudo distinguir dos voces en la maraña de sonidos que sólo él podía escuchar. Dos voces, dos pensamientos distintos. Distintos entre sí, distintos a los suyos. Mantenía profundas discusiones con ellas, aunque a veces sólo se limitaba a escucharlas. El silencio y la soledad eran ya remotos recuerdos.
Su mundo imaginario, delirios insanos que ahora son su único universo. Voces que hacen eco en su cabeza, voces que no conocen de silencios ni descansos; incesantes en el dictado del libreto de su vida.
Él solo es un simple ejecutor, mandatario de designios superiores, de oscuros deseos, genuflexo a una voluntad ajena.
Lo supo aquella noche, al cobijo de las sombras, cuando se vio a sí mismo abriendo la brecha por donde se escapaba el último aliento de aquel muchacho que debía abatir.
Era su deber, así se le había comunicado. Tan simple, tan puro, todo tiene una razón de ser. Incluso él, incluso las voces.
Aunque intentara callarlas, o eludirlas, aún acosta de las convulsiones con las que las voces le castigaban por tragar las pastillas. Malditas pastillas. No debía tragarlas. Mil veces se lo habían dicho.
Ahora merecía el castigo, lo pagaba perdiendo el control de su cuerpo, retorciéndose. Culpa y castigo.
Sólo cumpliendo sus exigencias lograba acallarlas, sólo un momento, un placentero instante de tranquilidad, sin remordimientos que le atormentaran. Sin sus gritos y amenazas. Sólo paz.
Sangre por tranquilidad, la simpleza de su mundo. Su universo personal, suyo y de las voces. Una y otra vez, trocando vidas por la suya, efímera, cada vez más efímera su satisfacción.
No podría seguir mucho más.
De eso también se dio cuenta solo, el día que repitiendo su ritual descubrio que ya no podía satisfacer el deseo de esos seres que se habían apropiado de su cordura.
Pudo verse a sí mismo, siempre se sentía un espectador de él mismo. Ajeno a sus actos, un director con la lente en su ojo, capturando el instante.
Y así, empuñando la llave de su celda, a pesar de los desgarradores gritos de las voces que se aferraban a los últimos instantes de existencia. Llave brillante de la libertad.
Calibre treinta y ocho, para asegurar la salida.
Y el sonido seco de la vida que le abandona.
Y las voces, ahora más tenues, fade out irreversible.
Y en el último instante, las últimas preguntas…